jueves, 19 de mayo de 2011

1. ANOTACIONES A LA CARTA ARQUEOLÓGICA DE PUENTE GENIL. Introducción


       ANOTACIONES A LA CARTA ARQUEOLÓGICA DEL TÉRMINO MUNICIPAL DE PUENTE GENIL
                                                                                                                                                         
Luis Alberto López Palomo


Introducción.



El grado de investigación arqueológica llevado a cabo en el término municipal de Puente Genil ha permitido situar sobre el mapa una serie de lugares sobre los que se ha venido especulando una y otra vez, en bibliografía de muy diversa índole, acerca de los horizontes históricos que con más evidencia deben estar representados en dichos lugares, generalmente a través de sus contextos superficiales.

Con muy escasas excepciones (Castellares, Fuente Álamo, La Mina, Cerro Baranas, proximidades de Cordobilla, Castillo Anzur y poco más) dichos contextos se refieren en exclusiva a material mueble, cerámica en los casos más frecuentes y los reiterativos hallazgos metálicos que los buscadores incontrolados han venido aportando abrumadoramente durante las tres últimas décadas, acompañados de una información sobre su procedencia que hay que tomar con reservas.

Las excepciones anteriores, en cambio, presentan o han presentado a lo largo del tiempo la evidencia de contar con estructuras arquitectónicas emergentes que describen una secuencia que abarca desde la Protohistoria a la Edad Media. Estructuras que, como en el caso de Fuente Álamo han sido tema recurrente a la hora de explicar la presencia romana en la zona y que, como es el caso de los Castellares, se han convertido en protagonista inevitable de cuantos estudios se han planteado sobre historia local o Castillo Anzur que ha inspirado la heráldica municipal y ha sido traído y llevado tanto en la historiografía local como en estudios de más amplio margen.

Sin incurrir en excesivos maximalismos, se puede afirmar que en lo referente a investigación arqueológica de las tierras de Puente Genil está casi todo por hacer. Lo cual no es excepcional en el panorama general de la comarca.


 Las reflexiones recientes (LÓPEZ PALOMO, L. A. 2002 y 2004) ponen el acento sobre esta realidad que, a la hora de redactar el presente documento no ha cambiado.

Esta afirmación no excluye alguna investigación muy concreta en yacimientos clave del término (Fuente Álamo y Castillo Anzur) que han provocado la curiosidad de propios y ajenos y que en fechas recientes han experimentado actuaciones de mayor rigor científico que el resto de la nómina.

La curiosidad histórica por la arqueología pontanense no es cosa de última hora. Incluso es probable que no sean los momentos presentes los de mayor efervescencia, aunque no cabe duda que es en la actualidad cuando existe un posicionamiento más decidido por parte de las administraciones respecto a la conservación del patrimonio local,  lo que tampoco ha impedido el que en fechas recientes se haya descontrolado bastante la cuestión y no se hayan evitado agresiones importantes al patrimonio arqueológico. Y, como ejemplos que surgen de inmediato, los ataques por parte de incontrolados al yacimiento del cerro de las Gaseosas o el destrozo del asentamiento calcolítico de la Fuente del Lobo del que únicamente nos han llegado informaciones orales y los materiales que ha conseguido recuperar el Museo Municipal, a los que me refiero más adelante.

A impulsos de hallazgos de desigual entidad o de la inquietud histórica de eruditos locales y/o nacionales la arqueología del Pontón de don Gonzalo, primero, y de Puente Genil, después, ha estado presente en la obra de estudiosos desde el Renacimiento a la Ilustración. Y desde la segunda mitad del siglo XIX, inspirada en un ambiente no exento de un cierto romanticismo trasnochado, se genera una corriente de opinión por parte de una élite intelectual de ámbito local aunque conectada con los grandes centros de la cultura nacional que pone sobre el papel una realidad de la arqueología pontanense que, al cabo de más de un siglo, sigue siendo válida en lo tangible aunque sea necesaria una revisión a sus planteamientos epistemológicos de entonces.




Un pequeño grupo de la burguesía culta pontanense bajo el estímulo de individualidades como don Agustín Pérez de Siles y don Antonio Aguilar y Cano genera una corriente de opinión en la que encontramos otros nombres como don Antonio Morales, don José Carvajal, don Manuel Pérez de Siles y probablemente alguno más que mantuvieron propuestas sobre la arqueología local que encontraron mejor acogida en instituciones centrales que en los organismos provinciales.

Pérez de Siles y Aguilar y Cano representan para Puente Genil, como lo fue Valverde y Perales para Baena, una aportación valiosa al conocimiento de la historia local con carácter diacrónico aunque con un marcado acento hacia los temas de la arqueología y la Historia Antigua. La obra escrita de estos estudiosos (PÉREZ DE SILES, A. y AGUILAR Y CANO, A., 1874, reed. 1984, AGUILAR Y CANO, A. 1899, reed. 1985) se basa en un estudio riguroso, aunque en algunos aspectos acomodaticio, de las fuentes históricas y en los yacimientos arqueológicos más significativos del término de los que Fuente Álamo y Castellares constituyen tema preferencial de la arqueología pontanense, al igual que en la actualidad.

En el primero de ellos llegaron a excavar, poniendo al descubierto una serie de mosaicos de los que trasladaron información y dibujos a la Real Academia de la Historia de la que fueron miembros. Mosaicos que quedaron al descubierto y fueron degradándose poco a poco, algunos de cuyos restos hemos alcanzado a ver quienes nos hemos acercado a estos temas hace más de tres décadas.

Los Castellares fueron objeto de un estudio monográfico por parte de Aguilar y Cano que recoge el estado de la cuestión hasta su época (AGUILAR Y CANO, A, 1899)  con un análisis amplio de las fuentes, de la geografía histórica del lugar y de los restos que aún permanecían emergentes a mediados del siglo XIX o sobre los que pervivía un recuerdo en grabados, alusiones de eruditos locales, literatura epistolar o simplemente en la memoria colectiva.

Con este estudio se empeña Aguilar y Cano en traer a tierras de Puente Genil las ruinas de una ciudad como Astapa, que se menciona en la obra de Livio en relación con los acontecimientos de la Segunda Guerra Púnica y que se recoge en la historiografía con el calificativo de “heroica”, a la altura de Sagunto, Numancia o Calagurris, y en su obra late la sensación del agravio comparativo que supone el no haber tenido en la historia nacional la misma resonancia que las anteriores. La obra de este historiador, como la mayoría de la de sus coetáneos locales, exhala el aroma romántico de hacer entroncar a su tierra natal con las urbes que han escrito su nombre en el libro de la historia.

La preocupación de aquella élite local decimonónica por la valoración de lo próximo les llevó a abrigar la pretensión de constituir en Puente Genil una Sociedad Arqueológica con reconocimiento oficial. Los señores Pérez de Siles y Aguilar y Cano mantuvieron una correspondencia fluida con la Real Academia de la Historia a la que informaban regularmente sobre los hallazgos que se producían en las tierras de Puente Genil, de los que nos han llegado algunos dibujos de mosaicos y registro mueble que han desaparecido.

La aportación de esta erudición local al conocimiento de la carta arqueológica de Puente Genil se tradujo en una relación de yacimientos descubiertos por ellos mismos o trascendidos de una bibliografía previa con una toponimia que en algunos casos se sigue manteniendo y en otros ha pasado al olvido. Nombres como Molino de Castillo Anzur, Los Arroyos, La Pimentada, Las Mestas, El Chato, Fuente de los Peces, Hacienda de San Cayetano, La Rentilla, Fuente Álamo, Castellares y algunos más son el reflejo de una realidad arqueológica sobre la que prácticamente no se ha perdido la memoria y que por su secular conocimiento evidencia la escasísima investigación de campo que se ha realizado en el término.

Con esta base, el grupo de la burguesía  preocupado por la historia local abrigó la esperanza de constituir en Puente Genil la aludida Sociedad Arqueológica que la Real Academia de la Historia recondujo hacia la constitución de una Subcomisión de Monumentos, similar a la que existía en Mérida (MAIER, J. y SALAS, J. 2000, p. 25), lo que no dejó de ser una pretensión sin precedentes ni consecuentes en la política cultural de Puente Genil que reflejaba una inquietud por el patrimonio local que contó con el apoyo de las instituciones de ámbito nacional y que al final se resolvió con un litigio entre Puente Genil y Córdoba.


Pretensión que, a pesar de lo desproporcionado en comparación con lo que ocurría simultáneamente en localidades con un patrimonio arqueológico similar, estuvo a punto de cuajar dada la aquiescencia de la Comisión Mixta Organizadora de las Provinciales de Monumentos que se expresaba en el sentido de que “La Comisión mixta de reglamento y atribuciones de las comisiones provinciales de monumentos históricos y artísticos, en cumplimiento del acuerdo de esta Real Academia  tiene la honra de informar acerca de la creación de una comisión especial en la villa de Puente Genil, provincia de Córdoba, con vistas de las comunicaciones que han mediado sobre este presente, 1º que se juzga respetable y hasta cierto moralmente obligatorio el compromiso contraído por esta R. Academia con su individuo correspondiente y demás personas de la mencionada población a quienes  se trasmitió el acuerdo de nuestra Corporación por el que se les indica la conveniencia de sustituir el pensamiento que habían sometido á la aprobación de esta Real Academia, de establecer una Sociedad Arqueológica en aquella villa por el de constituir en ella una subcomisión semejante a la que se había organizado en Mérida…”  (Documentación R.A.H.: CACO/9/7951/40(4))

Al final el proyecto no cuajó por el informe negativo de la Comisión Provincial que manifestó que “varios vecinos de la villa de Puente Genil proyectan formar una asociación con objeto de practicar excavaciones y formar un pequeño Museo arqueológico: y por más que este pensamiento tenga la ventaja de acrecentar algún tanto la afición de las antigüedades tiene también inconvenientes tales, que exceden  á dichas ventajas.- Esta Comisión cree que la asociación que se proyecta en Puente Genil no deberá contar con la aprobación, ni mucho menos con la protección de la Real Academia de la Historia 1º por que previéndose en el Reglamento de las Comisiones que habrá una de estas en cada provincia, sería antirreglamentaria la existencia de dos.- 2º por que la existencia de dos Comisiones, cada cual trabajando para su localidad, haría irrealizable lo que con tanto acierto se previene en las disposiciones generales de dicho Reglamento.- 3º por que si hubiesen varias Comisiones en una Provincia ya no sería ninguna de ellas Provincial, sino todas de distrito.- 4º por que no teniendo Puente Genil razón alguna especial que justifique su proyecto, se despertarían iguales deseos en otros pueblos de la Provincia.- Y últimamente que no parece se debe esperar de aquella asociación estabilidad, por que , según tiene entendido esta Comisión , todo ello es una llamada de entusiasmo ocasionada por los brillantes resultados obtenidos recientemente por esta Comisión en la villa de Fuente Tojar.- En vista de todo lo cual esta Comisión acordó en su sesión extraordinaria de 17 del actual, suplicar á ese centro desestime, como inconveniente, la petición que probablemente se le hará en el referido concepto”  (Documentación R.A.H. CACO/9/7951/40 (1).

Pero ahí quedó para siempre la singular pretensión de la población culta de Puente Genil a mediados del siglo XIX que, como puede advertirse, dio al traste por una infravaloración o por un juego de intereses de la Comisión Provincial.

Las inquietudes arqueológicas de la villa, que se materializaron en una literatura decimonónica local, contribuyeron al conocimiento de la carta arqueológica de Puente Genil, aunque no es menos cierto que contaron con una base de conocimiento en los historiadores anteriores, con un punto de partida en la obra de Ambrosio de Morales en el siglo XVI (MORALES, A, 1575), un desarrollo notable en obras éditas e inéditas durante el siglo XVIII (LÓPEZ DE CÁRDENAS, FLÓREZ, MARIANA, RUANO, y otros) más alguna aportación indirecta de historiadores de ámbito nacional de la primera mitad del siglo XIX (CEAN BERMÚDEZ, J.A. 1832) o más o menos coetáneos de los eruditos pontanenses y que aluden a yacimientos locales (OLIVER Y HURTADO, J. Y M., 1866, p. 45).

Quizás el afán de exaltación de la tierra natal suscitara en los historiadores de Puente Genil un sentimiento de agravio del destino al comparar las viejas raíces de poblaciones cercanas (Estepa, Aguilar, Montilla, etc) con la corta historia de la villa, que no va más allá del siglo XIII, y ello en estrecha dependencia con la Casa de Aguilar.

 Quizás por eso se obstinaran en buscar en el término orígenes más remotos, en un momento en que el Pontón de don Gonzalo se había fusionado con Miragenil para constituir la villa actual que desde mediados del siglo XIX inicia un proceso de desarrollo con el paso del ferrocarril, la instalación de la luz eléctrica y la creciente industrialización que acentúan unos rasgos de progreso y un contraste con los pueblos más ruralizados del entorno. En definitiva, estaban seguros del futuro pero había que buscar el pasado.

Y esa búsqueda  se va a centrar, como la mayor parte de la historiografía local de la época, en la identificación de algunos de los yacimientos más significativos con ciudades antiguas desaparecidas o más o menos ignotas cuyo recuerdo ha pervivido en los textos de los historiadores latinos o en la epigrafía.



Las bases históricas de estas identificaciones se incardinan en los grandes acontecimientos de la antigüedad, en las descripciones de la geografía antigua o en la red viaria que Roma trazó en la provincia Betica. De suerte que irrumpen con sospecha sobre su localización en tierras pontanensas urbes como Astapa, Ventipo, Carruca, Angellas y Oningis,  generando una polémica histórica que pervive hasta la actualidad y que en estricta valoración del problema aún no ha sido resuelta.

Sin pretender tomar posiciones personales sobre esta polémica ni sobre las fuentes de inspiración de la misma es necesario reconocer al menos que ha sido Astapa la que ha revestido mayor protagonismo desde los tiempos de Ambrosio de Morales que fue quien decidió traerla a Puente Genil, concretamente a los Castellares, como argumentaré ampliamente (una gran parte de la información bibliográfica antigua que se analiza a continuación procede de la selección de textos que Aguilar y Cano incluye en su monografía sobre Astapa) .

Seguiré la discusión historiográfica sobre las urbes antiguas que hipotéticamente se han situado en tierras de Puente Genil, en el mismo orden en que se produjo el proceso histórico.





 

lunes, 2 de mayo de 2011

UNA ARRACADA ISLÁMICA EN CÓRDOBA

Desde hace dos mil años, la ciudad de Córdoba (España) ha ejercido la capitalidad de dos grandes circunscripciones político-administrativas de la Península Ibérica. A lo largo del siglo I fue capital de la provincia Baetica. A lo largo del siglo X fue capital del Califato de Al-Andalus que organizaba la mayor parte (y la más desarrollada culturalmente) de todo el territorio peninsular.

Se puede afirmar que cada mil años Córdoba ha sido una de las urbes de mayor prestigio del territorio hispano. Las fases de decadencia vinieron después y también deberíamos esperar que a la altura del calendario en que estamos, de nuevo le toca asumir ese protagonismo. Así pues, que se pongan las pilas los responsables de que ello sea así.

Consecuentemente con esta historia de dos mil años, más la secuencia anterior, la ciudad ha acumulado un patrimonio que se hace merecedor de un reconocimiento internacional y ha generado un subsuelo arqueológico de una riqueza singular. Bajo la rasante de la ciudad actual se acumula una arqueología oculta que asoma al ritmo de las construcciones y que no siempre ha sido ni respetado ni bien estudiado.

Todo el término municipal de Córdoba cuenta con cautela arqueológica y un gran número de profesionales de la arqueología se encargan de llevar a cabo, seguimientos de movimientos de tierras o actividades de urgencia o preventivas, antes de acometer obra alguna que implique ocupación de subsuelo.

En una de las múltiples intervenciones de urgencia que se realizan en Córdoba de forma consuetudinaria tuve la fortuna de hallar una pieza excepcional de orfebrería islámica, concretamente una arracada de filigrana de oro cuya decoración, de inspiración arquitectónica, carece de precedentes entre el conjunto de piezas similares en Al-andalus.

La pieza en cuestión es ésta:






Descripción de la pieza:
Se trata de un alambre de oro de 22 quilates, según el análisis efectuado en el taller de joyería de don Antonio López, que se daba la circunstancia de que era copropietario del solar donde se produjo el hallazgo.
Su peso es de 4.06 gr. De forma circular, con una leve deformidad producida por el uso o por las condiciones del traslado al punto de hallazgo. Tiene un diámetro máximo de 3.5 cm. y otro mínimo de 3.3 cm. El grueso del alambre es de 1 mm., que se va estrechando hacia los extremos donde está abierto para permitir su colocación en la oreja y con las dos puntas incurvadas como mecanismo de cierre.
En el interior de esta circunferencia, ocupando un espacio algo inferior a los dos tercios del círculo y fijada mediante microsoldaduras, se inscribe una filigrana inspirada a todas luces en la arquitectura de la Mezquita Aljama de Córdoba. Su esquema es el siguiente:
La mitad inferior del círculo contiene una sucesión de tres arcos de herradura, calados, cuyo dovelaje está representado por diez circulitos en cada caso. El trazo de los arcos está formado por una línea de dibujo espicatiforme, que es el mismo motivo que se continúa en los dos capiteles esquematizados que sirven de soporte a la arcada. Los capiteles están formados por dos semicírculos que se prolongan hacia abajo en sendos triángulos curvilíneos. El arranque de los arcos se resuelve en forma curva, cerrándose sobre sí mismos en una ultrasemicircunferencia  que tiende a la espiral.


Detalle de la filigrana

El interior de los capiteles estáocupado por los mismos circulitos que los arcos, formando una especie de celosía, y es en uno de ellos donde se aprecia casi el único daño que ha sufrido la joya a la que falta uno de los semicírculos. Entre ambos soportes, otro triángulo curvo, unido por el interior del arco, contiene el mismo tema de los circulitos, en número de cuatro y medio, uno de los cuales ha sido calado.

Las enjutas de los arquillos están ocupadas por motivos trebolados constituidos por circulitos en número de tres, excepto en uno de los extremos que sólo tiene dos, probablemente por pérdida del tercero.
Sobre este esquema hay un friso formado por dos hileras que reproducen las mismas espigas que los arcos y entre ambas un alambre finísimo que se va curvando para dibujar una traza en forma de celosía que se asemeja a una sucesión de corazones alternativamente hacia arriba y hacia abajo.

Por último, coronando todo este esquema, una serie de quince triángulos formados por grupos de seis bolitas que imitan a las claras los merlones de la Mezquita.
Por el exterio del aro principal, dos óvalos a ambos lados del friso y en la parte inferior de la pieza una alternancia de tres círculos y seis merlones idénticos a los de arriba. Óvalos y círculos que probablemente estuvieran destinados a recibir colgantes que completarían la belleza de la pieza y que justifican precisamente su denominación de "arracada".

La conservación de este pendiente puede considerarse excepcional, siendo mínimas las partes dañadas. El leve oscurecimiento que presentaba en algunas zonas ha sido limpiado bajo la responsabilidad del Museo Arqueológico de Córdoba donde e encuentra la pieza expuesta entre el par de arracadas del cortijo de la Mora, de Lucena.

Antes de su entrega al museo, expertos actuales en joyería en general y en filigrana en particular, reunidos en el taller de don Antonio López, expresaron su admiración unánime por la calidad de la pieza, que fue elaborada uniendo uno a uno los diversos elementos que la componen, de acuerdo con una técnica de soldadura que se ha perpetuado en el tiempo y que tiene en este objeto su primer capítulo, empleando un utillaje de precisión que no debió diferir mucho del que  siguen empleando los actuales orfebres cordobeses.


Lugar y circunstancias del hallazgo.

En una excavación de urgencia que llevé a cabo en el barrio de la Huerta de la Reina, de Córdoba, en un solar propiedad de la empresa Proanjol entre las calles Pintor Palomino y Joaquín Sama Naharro (antes Polifemo), más cerca de esta última.

La excavación en su conjunto estaba resultando carente de interés hasta que apareció la arracada en el seno de una unidad estratigráfica formada por sedimento arcilloso grisáceo de aporte antrópico y tuvo lugar el día 17-10-03 a una cota de 2 m.bajo la rasante de la calle, lo que equivale a una cota absoluta de 122.095 m. sn.n.m.


Posición estratigráfica de la arracada en la U.E. 15, a 2 m. de profundidad.

El hallazgo fue la consecuencia de una excavación "fina" en una tierra que no presentaba dudas de que había sido llevada desde algún otro lugar de la ciudad. Ni la ausencia de cualquier estructura arquitectónica asociada ni las características geológicas del relleno estratigráfico justificaban la presencia de un objeto de tan singular valor.

Se procedió al cribado de toda la tierra y a la aplicación de detector de metales y no se consiguió localizar la pareja de la arracada, lo que es una evidencia más de que se trataba de un objeto arrojado entre un registro arqueológico de épocas emiral-califal.

El contexto arqueológico.

Junto con la arracada fueron acarreados al lugar del hallazgo una serie de materiales fundamentalmente cerámicos, muy rodados, sumamente comunes en todos los contextos cordobeses cuando se excavan estratos altomedievales. En general se trataba de la consabida cerámica arcillosa, con o sin aplicación de pintura, cerámica vidriada y la siempre presente con decoración en "verde y manganeso".

Estos materiales aparecieron tanto en la unidad estratigráfica en que se localizó la arracada como en el resto de las unidades sedimentarias asociadas, componiendo un repertorio relativamente extenso y de variada tipología que define por sí mismo el acervo general de los estratos emirales-califales de la ciudad.
Prescindiré de excesivos análisis tipológicos y de la fijación de paralelos que están en lo más común dentro del ambiente de la Córdoba omeya. Se localizaron las características jarras de cuello vertical, de cuerpo ovoide y labio engrosado, redomas, cerámica de cocina (cazuelas, anafes, ollas y tapaderas), candiles de piquera, botellas, ollitas, cangilones y jarras y vasos de diversas formas. Un conjunto muy estereotipado en la arqueología cordobesa que para evitar descripciones farragosas me limitaré a ofrecer mediante tipologías y fotos:











Junto con la cerámica aparecieron tres feluses emirales en muy mal estado aunque uno de ellos fue posible limpiarlo e identificarlo como perteneciente a Abd al-Rahman II:



Felús de Abd al-Rahman II, segun la expertización del Sr. Frochoso, especialista en la materia.



La inspiración del orfebre en la arquitectura de la Mezquita Aljama de Córdoba.
Un sistema de arcos de herradura rematado por arriba con merlones escalonados como el que presenta esta joya y apeados en unos soportes que son un esquematización de capiteles, suponen un esquema que podría haber encontrado su fuente de inspiración en cualquier espacio de la gran mezquita cordobesa e incluso en el ámbito general de la arquitectura que el Islam levantó dentro y fuera de la capital de Al-Andalus durante la dinstía Omeya. Hubiera bastado con que el orífice, tomando de aquí y allí, realizara una obra sincrética como composición uniforme de los elementos que las mezquitas andalusíes presentaban en distintos planos de su arquitectura.

El arco de herradura, junto con el de medio punto, sn las únicas soluciones de soporte que la Mezquita de Córdoba presentaba hasta la ampliación de Al-Hakam II, que se inicia nada más comenzar su reinado tras la muerte de Abd al-Rahman III en 961. Es en esa década del siglo X durante la que se realiza la parte más llamativa de la Aljama cordobesa en cuya arquitectura interior aparecen las primeras inscripciones alusivas a la ampliación entre 965 y 971 y se incorporan nuevos elementos decorativos y estructurales, como son los arcos lobulados que llenan los espacios más bellos del conjunto, desde la maqsura al mihrab. Innovaciones arquitectónicas que se habían ensaydo en  Medina Azahara (entre la ingente bibliografía que se ha venido ocupando de este tema me inclino por la obra magna de Nieto Cumplido sobre la "Catedral de Córdoba", de fácil acceso).

La incorporación de la arquería lobulada, del  placaje de ataurique o de epigrafía cúfica y, sobre todo, los mosaicos del mihrab en los que se utilizan precisamente teselas doradas son elementos de un programa decorativo que tenían que haber llamado poderosamente la atención de un orfebre que se disponía a hacer una joya inspirada en la arquitectura de un edificio que ejercía una influencia decisiva en lo político y en lo religioso sobre la población de Córdoba, desde que se puso su primera piedra en agosto de 786.

Sin embargo no son éstos los elementos que encontramos en la arracada. Su artífice escogió un esquema que es compatible con cualquier momento del desarrollo del edificio y lo incorporó adaptándolo a la estética de la orfebrería y a un material tan dúctil como es el oro. Se diría que el autor no alcanzó a ver la ampliación de Al-Hakam II, simplemente porque aún no estaba hecha.

Con estos supuestos estoy proponiendo una fecha de elaboración de la arracada anterior al reinado de este califa (961-976) que no es incompatible con el registro arqueológico recuperado, incluso aunque algunos materiales sean de finales del Califato. Sobre todo cuando se trata de material de acarreo que puede presentar una gran diacronía interna.

Los dos soportes de los arcos son una solución creativa del orfebre que no encaja con exactitud en ningún elemento arquitectónico concreto. Son una esquematización que pudiera dimanar con cualquiera de los capiteles de las serie romana o visigoda de las primeras partes de la Mezquita de los siglos VIII y IX (partes de Abd al-Rahman I y II). Los semicírculos laterales corresopnderían a la interpretación de las volutas de alguno de la serie jónica y el triángulo curvilíneo inferior sería la canastilla del capitel propiamente dicho.

Pero a su vez estos elementos tienen cierta similitud con un tema de tanta repercusión en el arte como es la "flor de lis", que encntramos más nítida en otras arracadas califales y que es un motivo que según la información del Sr. Frochoso se incorpora al arte musulmán el año 336 de la Hégira, precisamente el mismo año en que entra en funcionamiento la ceca de Medina Azahara. Y desde esta apreciación, los capiteles de la arracada serían un recurso del orfebre que, sin perder de vista la arquitectura de la Mezquita, la sincretiza con un tema de moda en el arte de su tiempo.

En cualquier caso, podemos especular sobre la cronología de fabricación de la joya basándonos exclusivamente en criterios estiliticos  en comparaciones con una u otra de las zonas de la repetitiva arquitectura de la Mezquita Aljama, anteriores a la ampliación de Al-Hakan II. Se trataría de fechar la pieza por sí misma, independientemente del contexto que le acompaña. Invirtiendo el proceso normal y siendo la joya la que otrogara una cronología a su contexto arqueológico.

Pero al contrario de lo que ha ocurrido en la mayoría de los hallazgos de orfebrería, en  la arqueología, en general, y en la andalusí, en particular, que casi siempre han aflorado en circunstancias fortuitas, y en las últimas décadas por la labor incontrolada de los "piteros", la arracada de la Huerta de la Reina ha aparecido en el transcurso de una excavación controlada, con una posición exacta y acompañada de un contexto arqueológico, a pesar de las dificultades de encaje en una cronología absoluta que dicho contexto presenta. Reivindico estas circunstancias que sin duda otorgan un valor añadido a esta joya, en contraposición con la mayoría de los hallazgos de su género.

Plantearé dos hipótesis histórico-arqueológicas, referidas a las causas que motivaron al orfebre a elaborar una joya que supone un esquema de la arquitectura de la Mezquita, aun consciente de lo discutible que estas hipótesis puedan resultar.

Como es sabido, el templo islámico de Córdoba se construye a lo largo de más de dos siglos, a partir de la fundación emiral de Abd al-Rahman I (agosto de 786 a junio de 787). A partir de este primer momento se crea un esquema arquitectónico que va a durar durante todo el proceso posterior, que irá repitiendo el esquema y cuyas innovaciones más destacables son la construcción del alminar de Abd al-Rahman III, que crea un modelo de torre que se va a repetir en otras mezquitas andalusíes y magrebíes, y las grandes aportaciones de Al.Hakan II, que afectan al interior en lo estructural y en lo decorativo.

Pues bien, entre uno y otro momento la Mezquita sirvió de inspiración al orífice cordobés que recibió el encargo de algún alto dignatario de la corte o de un representante de la oligarquía económica que querría congraciarse con el emir o el califa, haciendo representar en esta joya el templo que simbolizaba el poder político y religioso del Islam y el nuevo orden establecido por los Omeyas.



Hipótesis emiral.


Por las circunstancias que fueren (convicción religiosa o para pagar menos impuestos) durante el emirato de Abd al-Rahman II (792-852) la pobación musulmana de Córdoba había aumentado hasta el punto de haberse quedado pequeña la primera parte de la Mezquita que había sido levantada por el fundador de la dinastía.

La intencionalidad de los Omeyas al emplear materiales de acarreo en la construcción de la primera y segunda parte del templo no obedeció tanto a la inexistencia de talleres de escultores en la Córdoba de los siglos VIII y IX sino al propósito del emir de sojuzgar las discrepancias de la oligarquía muladí, haciéndoles pasar por unos arcos que recordaban las estructuras del "viejo régimen" y ahora se incorporaban al edificio más representativo del nuevo orden. Argumento oído al profesor Valdés Fernández en varias conferencias en Córdoba y que ha tenido como base las excavaciones del aljibe Omeya de Mérida. Sería la obligación de tener que aceptar la nueva administración establecida en Al-andalus.

Bajo esta hipótesis, planteo la posibilidad de que aún durante el reinado de Abd al-Rahman II, alguno de los recién incorporados a la religión islámica, con la "fe del converso", quisiera emular en el adorno personal de alguna de sus mujeres el edificio que significaba el Islam expansivo y que acababa de ponerse de moda tras una ampliación que, aunque siguiendo el esquema de la parte fundacional, casi duplicaba su superficie. Y ello con el propósito de hacer pública confesión de su adhesión a la fe islámica y al poder político que la sustentaba.

Prescindo de apuntar en apoyo de esta hipótesis el hecho de que junto a la arracada apareciera numismática de esta época puesto que tratándose de tierra aportada y con un registro emiral-califal, la prueba arqueológica pierde valor.



Hipótesis califal.

La elección de tres arcos y la superposición a los mismos de una hilera de merlones, que además presentan aspecto escalonado, es una solución decorativa que, aunque como he venido indicando, puede ser una composición sincrética de la arquitectura interior y exterior del edificio, reproduce el desarrollo vertical del alminar de Abd al-Rahman III cuya construcción finaliza en octubre de 952. El espacio intermedio en que se sustituyen los sillares del muro por una franja de filigrana es simplemente la aportación del artista para dotar a su obra de una mayor belleza que lo que sería la sobriedad de un paramento de piedra, que además estaría cubierto de enfoscado como el resto del edificio.




Dibujo del alminr de Abd al-Rahman III y detalle de la arcada oriental, realizado por don Félix Hernández




En el riguroso estudio que hizo don Félix Hernández sobre el alminar de Abd al-Rahman III se plantean propuestas sobre la arquitectura de esta torre que cuado Hernán Ruiz III la envolvió en la fábrica barroca que hoy tenemos delante dejó de ser visible desde el exterior y prácticamente desde el interior, hasta que se ha recuperado tras una restauración que ha puesto al descubierto, entre otras partes, los triples arquillos de herradura de la fachada oriental en los que parece advertirse la influencia sobre la arracada de la Huerta de la Reina.



Vista interior de la triple ventana del alminar de Abd al-Rahman III que pudo servir de inspiración para la elaboración de la arracada




Y al igual que en el friso en que apoyan los merlones, también en los elementos de sustento de los arcos el orfebre hace su aportación personal para embellecer la joya, sustituyendo las columnas por un tema que se asemeja de lejos a la flor de lis aunue de pétalos muy curvos, sobre todo en los laterales, como si también en ellos quisiera traer a escena los arcos de la Mezquita.

En el libro de don Félix Hernández sobre el alminar se contienen otros ejemplos de alminares andausíes que también pudieron inspirar obras como la presente. Tiene merlones el aminar del convento de Santa Clara y tiene arcos de herradura geminados el de San Juan de los Caballeros. Pero la fuente de inspiración básica fue la Mezquita Aljama. Por ello, cualquier intento de identificar la decoración de la arracada de Córdoba con la arquitectura de otro edificio, coetáneo o anterior, puede ser inútil.

La inspiración de este esquema decorativo precisamente en el templo más representativo de todo Al-andalus, en el momento de su máximo apogeo en Occidente, no debió ser un hecho inocente. Detrás de la pura labor del orífice debió existir toda una intencionalidad política y religiosa, que en el caso del Islam son prácticamente la misma cosa. La arracada debe transmitir todo un mensaje de símbolos. Pero, independientemente de las valoraciones que se hagan, me basta la reflexión de que la elección precisamente del alminar como modelo encaja a esta pieza en un arte aulico o al menos de identificación con el poder establecido, en unos momentos en que la dinastía Omeya se había hecho con el control no sólo político sino religioso de todo el Islam occidental. Su propietaria debió formar parte de la corte del primer califa y su decisión de llevar consigo el símbolo más visible de una religión oficializada por quien acababa de proclamarse "Príncipe de los creyentes" no debió ser casual. Más bien respondería a un deseo de identificación con el poder que ostentaba el califa y que simbolizaba la torre de la Mezquita.

Como dice Vallejo Triano "La torre de la mezquita desde donde el almuédano (muaddin) llamaba a la oración expresó la presencia del Islam en la localidad y terminó convirtiéndose en el símbolo del Islam triunfante".


La arracada de Córdoba en el contexto de la orfebrería andalusí.

A pesar del esfuerzo realizado durante la excavación por localizar la pieza gemela, no se pudo lograr. Y ello porque su deposición debió tratarse de una pérdida y un traslado posterior. Aun así, no cabe duda de que estamos ante un caso único, sin paralelos exactos, que sepamos, en el conjunto de la orfebrería de época andalusí y uno de los primeros ejemplares, si no el primero, en los que arranca la tan arraigada tradición de la joyería de filigrana cordobesa.

Para encajar este objeto en el ámbito de lo que han dado de sí hallazgos semejantes acaecidos dentro de las fronteras de Al-Andalus, realizaré un sucinto recorrido por lo que se conoce, que es más bien escaso:

El Museo Arqueológico de Córdoba guarda desde hace varias décadas el tesorillo del Cortijo de la Mora, situado entre los términos de Lucena, Cabra y Benamejí, que contiene un par de arracadas de filigrana en doble lámina con decoración "en figura semicircular con adornos calados en forma de semicírculos y flores de lis", que han sido consideradas como las piezas más valiosas del conjunto "y también las más importantes que se conservan de la orfebrría musulmana española", fechadas en época califal como todo el lote, siguiendo la descripción y valoración que hizo en su día don Dionisio Ortiz Juárez.



Las arracadas del Cortijo de la Mora que actualmente están expuestas en el Museo Arqueológico de Córdoba junto a la de la Huerta de la Reina


Tanto estos pendientes como la arracada de la calle Joaquín Sama Naharro están labrados con un filigrana que guarda similitudes entre sí y que en ambos casos aparecen flores de lis, si bien en los del Cortijo de la Mora son más inconfundibles que en el caso de las de Córdoba cuyas redondeces disimulan la forma que  parece más bien una simple inspiración en un tema de tanta trascendencia en el arte.

Siguiendo con la comparación entre los arcos representados por los orfebres de Córdoba y los de la Mezquita Aljama, los tres semicírculos que contienen las arracadas lucentinas bien podrían asimilarse a cualquiera de las arquerías lobuladas de la ampliación de Al-Hakan II. Y bajo esta suposición se distanciaría más o menos una década de la cronología califal entre ambas joyas y más de un siglo de la hipótesis emiral, pero estaríamos ante casos similares de utilización simbólica de la arquitectura Omeya en el adorno personal y es evidente la similitud en la ejecución.

Pero proponer el mismo autor o taller para ambas joyas plantea problemas de encaje cronológico puesto que las arcadas que presentan los pendientes del Cortijo de la Mora serían de la época de Al-Hakan II mientras que la arracada cordobesa sería anterior, según las hipótesis expuestas. Pero en cualquier caso es evidente que estamos ante casos idénticos del mismo arte.

En la exposición que se celebró en Córdoba sobre "El esplendor de los Omeyas cordobeses"  tuvimos ocasión de observar lo más saliente de la orfebrería andalusí del siglo X, aunque no estuvieron precisamente los pendientes anteriores. Para un breve análisis de lo que se puede relacionar entre lo expuesto en aquella exposición y la orfebrería que nos ocupa, parto del contenido del catálogo y pongo entre comillas los fragmentos del texto que utilizo literalmente.

Tesoro de Charilla.

Se considera "muy interesante para estudiar la orfebrería andalusí pues como ya se ha puesto de manifiesto son pocas las conservadas de aquellos momentos. Es además un conjunto fechado de manera muy precisa por las monedas en él existentes entre el 944 y el 947 d. C."

El contenido de este tesoro se cifra en una diadema, placas rectangulares, brácteas circulares, anillos, etc., elaborados con la técnica del repujado de oro batido con cabujones y algo de filigrana, así como piezas de pasta vítrea. Pero no contiene arracadas, ni el tipo de filigrana es tan menuda como la pieza de Córdoba.

Tesoro de Garrucha (Almería).

Fechado entre los siglos X y XI, contiene una pareja de brazaletes, una ajorca y un fragmento de collar. Fabricado en chapa de escaso grosor, carece de arracadas y de la filigrana menuda de la pieza que nos ocupa.

Tesoro de Loja (Granada).

De los siglos X-XI, alguna de sus piezas tiene decoración calada, concretamente una bráctea en forma de estrella de nueve puntas, considerada como el elemento más espectacular del tesoro cuya "filigrana es característica de la orfebrería española", como afirma Zozaya. Y esa característica es precisamente lo que guarda una identidad formal con los calados de la arracada cordobesa.

Tesoro de Ermita Nueva (Alcalá la Real).

Del siglo X, se considera como "uno de los más interesantes de la joyería de época califal". contiene monedas de todos los califas y "destacan la pareja de pendientes con vara curva para colgar, con cierre de gancho; la parte inferior está compuesta por una plancha calada con filigrana que enmarca tres rombos de hilo dorado. Todo ello superado por una banda dorada en la que se han fijado siete hemiesferas gallonadas a cada lado sobre las que se alinea una secuencia de catorce pirámides de quince globulillos cada una". Y es precisamente en esos globulillos donde encontramos una cierta semejanza con los puntitos que forman los merlones de la arracada cordobesa.

Esto por lo que se refiere al contenido de la exposición "El esplendor de los Omeyas cordobeses", donde se supone que se expuso lo más florido del arte de la época. Pero encontramos alguna otra información sobre la orfebrería andalusí, que ciertamente es escasa. Según Pérez Higuera "también de época califal son el lote de la Col. Walters, en Baltimore (USA), fechado a fines del s. X o comienzos del XI, y los procedentes de Loja y Garrucha (ya mencionados en la exposición de los Omeyas) conservados en el Instituto Valencia de Don Juan en Madrid. Todos los conjuntos muestran un buen trabajo en repujado y filigrana, y las formas permiten diferenciar la pervivencia de la tradición visigoda, como en el caso de los pendientes de Lorca, de la más generalizada influencia fatimí que se manifiesta en las joyas de la Col. Walkers".

Otras arracadas de la primra mitad del siglo X con epigrafía y triángulos de bolitas en la parte inferior las encontramos en el Museo Metropolitano de Nueva York y, como epílogo, las arracadas almohades de Mallorca, labradas en plancha de oro calada, que no tienen mucho que ver desde el punto de vista artístico con la de Córdoba.

***

El recorrido anterior por la orfebrería andalusí nos permite intuir similitudes entre la pieza de la Huerta de la Reina de Córdoba y otros hallazgos de época Omeya, pero excluye hasta ahora precisamente a la capital del Califato del mapa de dispersión de los hallazgos, siendo por pura lógica Córdoba el centro de gravedad donde se sustentaría toda una creación artística de orfebres cuya producción irradiaría en Al-Andalus y fuera de Al-Andalus, al igual que en otras manifestacions del arte de la época, y que se ha perpetuado hasta la actualidad.

Esta manifestación de la orfebrería se muestra en la joya cordobesa en su grado de madurez, con una tecnología que refleja no una etapa de iniciación sino más bien el resultado de un proceso de elaboración y no puede entenderse, como en tantos otros referentes del arte islámico, al margen de la influencia bizantina.



CONCLUSIÓN Y PROPUESTA

Desde el momento de la aparición de esta arracada, dos metros bajo la calle Joaquín Sama Naharro de Córdoba, tuve plena conciencia de que nos hallábamos ante una pieza excepcional y sobre todo la emoción de que tenía en mis manos una síntesis de Córdoba en su historia y en su arte. Que esta joya podía unir el pasado de la Mezquita con el presente que cada día nos ofrecen los orfebres de la ciudad, que saben hacer la filigrana como se hacía en tiempos del Califato. Que a pesar de sus mil años de existencia estábamos ante un objeto que sincretizaba la intemporalidad de esta Córdoba milenaria que tanto amamos.

Por estas únicas razones pensé que bien podría ser un símbolo más de cuantos tiene la ciudad y por estas únicas razones abrigué la ilusión de que pudiera ser asumida como logotipo de la capitalidad cultural, si es que la conseguimos. Sobre todo teniendo en cuenta que muchos de los símbolos de Córdoba están bastante gastados de tanto usarse y esta pieza acababa de salir.

Y con este bagaje argumental me dirigí personalmente a lo más conspicuo de la política local. Entregué fotos de la arracada a algunas personas y les expuse éstas o parecidas razones. Estoy esperando la respuesta.




UNA ARRACADA ISLÁMICA EN CÓRDOBA